sábado, 13 de diciembre de 2008

CONSTELACIONES - FOLCLOR CHILENO - FLORES NATIVAS


Tesoro de la Marquesa

El Tesoro de la Marquesa es otro de los grandes entierros que se conocen en el Norte. Se cuenta que una hermosa y riquísima Marquesa criolla se había visto obligada, en época pasada, a abandonar sus dominios para salvarse de la sublevación de su encomienda, y que había puesto a salvo sus joyas y caudales, encerrándolos en el socavón de una mina que quedaba en los cerros de una hacienda llamada La Marquesa, en recuerdo de la que había sido su aristocrática propietaria. Agregábase que la noble dama, muy bella, por supuesto, acompañada de dos fieles servidores, se internó cordillera adentro y que un temporal la había lanzado a un abismo insondable.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)







La Lola

En la provincia de Antofagasta, en la época de los descubrimientos, fue muy conocida una mujer de rara belleza llamada Lola. Para el que no la conocía, su fama misteriosa y vaga, era como una mujer de embrujo.
Su padre, llamado Pedro, vivía para cuidar a su hija y distanciarla de sus enamorados. Este hombre era conocido por el apodo de Vagabundo, por sus búsquedas de minas en una época, y después por sus viajes por la costa en un barquichuelo de su propiedad.
La hija, vigilada de cerca y de lejos por su padre sembraba entre los hombres ilusiones y desengaños; y entre las mujeres envidias y rencores. Hasta que un día un joven es su preferido, pero él veía en ella la figura querida de una ausente. Pero, llegó la mujer que ocupaba su corazón, y al verse ella desplazada, despechada, pronto se transformó en la más terrible celosa.
Vivía odiando a la rival, que era una hermosa rubia.
Atisbaba día y noche a la feliz pareja y se consumía de celos y pasión.
Una noche, descalza y silenciosa, llegó a la pieza donde dormía tranquilamente el hombre que la hacía sufrir y hundió profundamente en su corazón un puñal, y huyó hacia los cerros dando gritos, alaridos.
Al día siguiente, conocido ya el crimen, el padre sale en busca de la hija y el sol, la sed y el silbido del viento terminaron con él.
Después de mucho tiempo regresó ella al poblado víctima de la locura, sólo sabiendo reír, hasta que murió.
Desde entonces la Lola y su espíritu vengativo recorren los cerros.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)




La cadena del inca
En la laguna de Chiu-Chiu, cuyo fondo nadie ha podido encontrar, los hijos del incanato lanzaron una cadena de oro, para ocultarla de los españoles y aquí se halla hasta ahora.
La cadena es la que se usaba en el Cuzco para contener a la gente en las procesiones de la coricancha.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)


Tesoro del Inca

Los pobladores del desierto de Atacama ubican el Tesoro del Inca en una laguna, que estaría en la cumbre del cerro Quimal (N.O. del Salar de Atacama).
La muerte del Inca Atahualpa acaeció en 1533. Y se sabe que la caravana que viajaba llevando los tributos en dirección al Cuzco, fue informada que el Inca había fallecido. Los caravanistas portaban catorce y media arrobas de oro, que era el tributo. Los indios, sin saber qué hacer con el tesoro, habrían depositado la valiosa carga en el fondo de la laguna del cerro Quimal.
Se cuenta que algunos habitantes de las cercanías han realizado búsquedas y han logrado extraer objetos que dan mala suerte a sus poseedores.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)



El río del valle de Azapa
Antes corría por el valle un río caudaloso que satisfacía con exceso las necesidades de sus cultivos. Con motivo de la llegada de los españoles, los indios naturales de la región, cansados de sufrir el duro trato de los conquistadores, y a modo de venganza, torcieron el curso de las aguas de ese río, dejándolo en seco.


Huatacondo

Huatacondo pertenece a la provincia de Tarapacá y está ubicado en una quebrada, a 230 kilómetros de Iquique.
Huatacondo o Guatacondo, según la tradición, es un pueblo perdido de conquistadores españoles, que permanecieron al margen de relaciones exteriores durante muchos años, hasta que un aluvión abrió una quebrada al mar, y con ello el acceso de sus moradores hacia un nuevo mundo.
Por Huatacondo pasaron los expedicionarios españoles de don Diego de Almagro, en 1535. Y desde entonces se ha poblado y despoblado, como lo indican las ruinas de pueblos y los restos de cultivos agrícolas. Y por última vez, hasta hoy, por los españoles desertores y sus descendientes.
Huatacondo se llama el valle, la quebrada, el pueblo, el río y el cerro.
La población de Huatacondo no pasa de unos 137 habitantes indo-españoles. Tres o cuatro calles forman el pueblo de tipo colonial, a la cual no le falta su iglesia y sus campanas fabricadas con grandes dosis de oro en 1670.
Una pobladora anciana que fue entrevistada dijo: "Aquí todos somos un parentesco. Nuestros apellidos se repiten formando un estrecho vínculo. Aquí nacimos todos y son muy pocos los que conocen pueblos. Sólo Dios nos ve y nos asiste".
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)






Los socavones de Pica

Cuando los españoles vinieron a establecerse en estos lugares, no tuvieron acogida por los indios piqueños, por lo que se trasladaron a Matilla, donde fundaron una población.
Uno de estos pobladores se enamoró de la hija del cacique de Pica, solicitándola a su padre para contraer matrimonio, a lo cual se negó el cacique. Dámaso Morales, que así se llamaba el español, insistió en su petición, obteniendo esta vez mejor resultado, pero con una condición tan difícil como imposible.
Díjole el cacique a Morales que no tendría inconveniente en cederle la mano de su hija, siempre que le hiciera florecer el valle entre Pica y Matilla, lo cual fue para éste más terrible que la simple negativa anterior.
Y Dámaso Morales se puso a construir el primer socavón que se hizo en estos lugares, obtuvo agua, hizo florecer el valle y se casó con la hija del cacique.
Los indios a ciertos hilos de agua los juntaban en unas represas que llamaban cochas, el español siguió esta veta horadando la piedra y la hizo seguir un cauce hasta las cochas que se vieron aumentadas en su caudal, el valle reverdeció y fue una flor en la arena, lo que quiere decir Pica.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)






Un pueblo de indios

A tres kilómetros al sudeste de Matilla existió hace siglos, un pueblo de indios, que fue destruido por un terremoto, no quedando hoy día, ni el más remoto vestigio de su existencia, pero al pasar por este sitio, se oye un ruido extraño y parece que la tierra se fuera a hundir.




Por qué el Tacora se apagó

Las aguas del mar de Arica eran las predilectas de uno de los incas más famosos del Perú. Todos los años bajaba a la playa rodeado de un séquito cortesano, celebrándose con tal motivo fiestas interminables. Las mujeres más hermosas y divinas se deleitaban en las tranquilas y tibias aguas del puerto, y eran tan bellas, que las sirenas les tenían envidia y celos. Seres marinos acudían también a admirar corte tan vistosa y feliz. Mas en una de aquellas noches de orgía y de locura, sirenas y caballos marinos formaron tal alboroto con las olas, que éstas crecieron y se extendieron en tal forma que arrasaron con inca, doncellas y cautivas. Desde entonces el Tacora apagó sus fuegos. Miles de aves aparecieron en los aires a contemplar desde arriba una corte tan brillante sepultada en el fondo del mar.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)


La niña de mis ojos

Una princesa incaica que comenzó a enceguecer fue traída a una laguna enclavada entre los cordones cordilleranos que bajan por los Andes hasta la Pampa del Tamarugal, a tres mil metros, donde se sumergió en sus aguas por varias veces; al poco, notó que recuperaba la vista y los descendientes del Inca, llamaron al lugar, Mamiña, que quiere decir, La niña de mis ojos.
Y Mamiña, durante años, vio llegar caravanas incaicas con el propósito exclusivo de encontrar alivio y remedio en sus aguas.
(Folclor Chileno - Versión de Oreste Plath)




miércoles, 8 de octubre de 2008

Tienes enredaderas y estrellas en el pelo.......


Del texto “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”

de Pablo Neruda

Poema 13

He ido marcando con cruces de fuego
el atlas blanco de tu cuerpo.
Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

 Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.

 Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
La soledad cruzada de sueño y de silencio.
Acorralado entre el mar y la tristeza.
Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.

 Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
Así como las redes no retienen el agua.
Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.
Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.

 Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
Oh poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco.
Triste ternura mía, qué te haces de repente?
Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
mi corazón se cierra como una flor nocturna.




Poema 14

Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el .
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah déjame recordarte como eras entonces, cuando aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo solo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.
Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.





Poema 10

Hemos perdido aún este crepúsculo.
Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.

A veces como una moneda
se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces, dónde estabas?
Entre qué gentes?
Diciendo qué palabras?
Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes
hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.



Desnuda eres

Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
Desnuda eres enorme y amarilla
Como el verano en una iglesia de oro.

 Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
Y te metes en el subterráneo del mundo
Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda




Del texto “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo Neruda

Poema 7

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
a tus ojos oceánicos.

Allí se estira y arde en la más alta hoguera
mi soledad que da vueltas los brazos como un náufrago.

Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
que olean como el mar a la orilla de un faro.

Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
a ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas
que centellean como mi alma cuando te amo.

Galopa la noche en su yegua sombría
desparramando espigas azules sobre el campo.